“El cuidado a no lastimar es la forma más hermosa de respeto.”

Tenemos la creencia errónea de que, para que nuestros hijos e hijas nos hagan caso, tenemos que hablarles de forma severa y autoritaria.

“Hasta que no alce la voz y me ponga serio/a no me hace caso.” Lamentablemente, éste suele ser el pan de cada día de muchas familias. Y es que suele ser la forma aprendida que tiene el niño o la niña para que responda a lo pedido. Pero no es la única ni la mejor, hablando desde un punto de vista educativo. Pues lo único que enseña al niño es que ésta es la manera de comunicarse con otras personas (contigo inclusive) para obtener lo que desee.

Y tristemente, a más palabras duras y a más gritos, mayor será tu necesidad de acudir a esta técnica poco respetuosa con tu hijo/a y contigo mismo/a, ya que terminará por acostumbrarse a no reaccionar hasta que tú no te salgas de tus casillas.

Te invito a reflexionar sobre ello y a tener presente que:

  • Para atraer calma, sé la calma que necesitas;
  • Sé amable con tu hijo/a aunque él/ella no lo sea;
  • Ámale incluso más en los momentos más difíciles, será cuando más lo necesite.

Recuerda: tú eres el adulto/ la adulta. Y como tal, tú eres su ejemplo a seguir. Piensa en qué es lo que realmente quieres que tu hijo/a aprenda de cara a su vida adulta. Y en función de ello, decide qué es lo que vas a hacer tú. Mantén el foco.

Ten presente la importancia de actuar desde y con respeto en nuestras relaciones con los demás:

  • Con empatía;
  • Escuchando al otro para comprenderle;
  • Valorando sus cualidades y su persona

Mantener así y ante todo un trato digno con los niños y las niñas. Ningún comportamiento infantil justifica acciones que implican daños físicos o psicológicos.

Las palabras malsonantes, los gritos y las amenazas sólo despiertan recelo en tus hijos y les hace estar a la defensiva (es la forma que tiene su cerebro aún inmaduro de reaccionar ante los peligros). Además, minan por completo su autoestima, la cual es fundamental para su desarrollo y bienestar.

Teniendo en cuenta todo lo anterior, te hago una segunda invitación: párate y obsérvate en tu forma de relacionarte con los demás (especialmente con tus hijos) y pregúntate qué es aquello que te suele “sacar de quicio” y qué necesitas y esperas de la otra persona. Trabajando estas cuestiones te ayudará a situarte en ti mismo/a y en la realidad, evitando así reacciones impulsivas poco respetuosas con los demás y también contigo mismo/a.

Tratar con respeto a tus hijos no significa ser permisivo/a con ellos. Les enseña a ser respetados en sus relaciones con los demás. ¿No es algo que buscamos todas las m(p)adres?

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